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Eduardo Galeano

El derecho al delirio

Ya está naciendo el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año 2001 de los cristianos es el año 1379 de los musulmanes, el 5114 de los mayas y el 5762 de los judíos. El nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera.

Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho:  un buen día, el papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuando nació.

El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esta frontera.

Tomado de: Eduardo Galeano, Patas arriba.

El ojo del cíclope

En América Latina, el poder es un cíclope. Tiene un solo ojo: ve lo que le conviene, es ciego de todo lo demás. Contempla en éxtasis la globalización del dinero, pero no puede ni ver la globalización de los derechos humanos.

Tomado de: Eduardo Galeano, Las palabras andantes

Las fábricas de la guerra

Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. Afortunadamente para ellos, la amenaza de la paz se está debilitando, ya se alejan los negros nubarrones, mientras el mercado de la guerra se recupera y ofrece promisorias perspectivas de rentables carnicerías al sur del mundo.

LA ESCUELA DEL
MUNDO AL REVÉS
 
Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.
 

Pobrezas

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que tienen la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos.

Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres.

EDUARDO GALEANO

Tomado de: Eduardo Galeano, Patas arriba.

La escuela del crimen

Economía de importación, cultura de impostación, reino de la tilinguería: estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero de la modernización. En las aguas mercado, la mayoría de los navegantes está condenada al naufragio; pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de la minoría que viaja en primera clase. Los emprestitos de la banquería mundial, que permiten atiborrar de nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servicio del purapintismo de nuestras clases medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y la televisión se encarga de convertir en necesidades reales a las demandas artificiales que el norte del mundo inventa sin descanso y exitosamente proyecta sobre el sur y sobre el este.

Tomado de: Eduardo Galeano, Las palabras andantes

Baile de Máscaras
 
Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos, que se ocupan de envolver a la ecología en el papel celofán de la ambigedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al sacrificio de todos en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras, inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono, no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. La salud del mundo está hecha un asco y estas voces claman, en nombre de la alarma universal: ``Somos todos responsables''. La generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie es. Un crimen llamado suicidioPero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio, y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables. Hace un par de años, la señora Harlem Bruntland, jefe de gobierno de Noruega, pudo comprobar que ``si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, harían falta diez planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades''. Una experiencia más bien imposible. Pero los gobernantes de los países del sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se nos ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo. La divinización del mercado internacional, que nos vende su mitología mientras nos compra cada vez menos y nos paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques. Hasta los llamados dragones asiáticos, que tanto sonríen para la propaganda, están sangrando por estas heridas: en Corea del Sur, sólo se puede beber un tercio del agua de los ríos; en Taiwan, un tercio del arroz no se puede comer. Extirpación de los tumores del comunismo, implantación del consumismo en escala mundial: la operación ha sido un éxito, pero el paciente se está muriendo. La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son ya derechos de todos, sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. ¿Es posible actuar contra la aniquilación de la naturaleza, y al mismo tiempo creer que es natural la impunidad del dinero?El bueno de Al CaponeHace tres años, en Río de Janeiro, una conferencia internacional, la Eco-92, se ocupó de la agonía del planeta. Las empresas gigantes de la industria química, la industria petrolera y la industria automovilística, que son responsables directas de esa agonía, pagaron buena parte de los gastos de la conferencia. Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas. Y así, aquella llamada Cumbre de la Tierra, agradeció la gentileza: en sus resoluciones, no sólo no condenó a las empresas trasnacionales que producen contaminación y viven de ella, sino que ni siquiera pronunció una sola palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno en escala mundial. Las compañías trasnacionales fueron incluidas por la Eco-92 dentro de la categoría de ``los grupos cuyo papel en los procesos decisorios internacionales debe reforzarse'', de modo que los gigantes de la industria contaminante fueron equiparados a los niños, las mujeres y los grupos indígenas. La industria química es una de las que se viste de verde, en el gran baile de máscaras del fin del milenio. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos de los grandes laboratorios no se proponen encontrar plantas más resistentes, que puedan enfrentar las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y los herbicidas que esos mismos laboratorios producen. Muchos de esos plaguicidas y herbicidas han sido prohibidos en sus países de origen, como Alemania o Estados Unidos, pero los gigantes alemanes y norteamericanos de la industria química bautizan esos productos con otros nombres y los exportan a los países del sur del mundo, donde los mecanismos de protección de la salud pública han sido desmantelados o son vulnerables al soborno. Pero tampoco los países del norte del mundo están a salvo de las tendencias homicidas y mundicidas de sus propios grandes laboratorios. En su edición del 21 de marzo de 1994, la revista Newsweek informó que en el último medio siglo el esperma masculino se ha reducido a la mitad en los Estados Unidos, al mismo tiempo que se han multiplicado espectacularmente al cáncer de mama y el cáncer de testículo. Según las fuentes científicas consultadas por la revista, la intoxicación química de la tierra y el agua es la principal responsable de estas calamidades.